La casa en la que crecí se está viniendo abajo y yo con ella:
El 10 de agosto del 2026 me entró la llamada de mi papá a las 7:45 a.m. Minutos después del terremoto de Colombia sus palabras fueron algo como “Hija, esto fue muy duro, alcancé a subir al noveno piso por tu mamá, tuve mucho miedo, pero estamos bien”. Cuando pasó mi mamá, recuerdo que no coordinaba, no hilaba bien las palabras.
Han sido días de mucho silencio, de reposar y repasar el dolor, el caos y el drama.
De verme agobiada, callada y congelada. Versiones de mí que desconozco porque tiendo a ser la persona opuesta.
Cada detalle, las historias de los que amas y de sus conocidos, el pánico colectivo. Escuchar que la oficina de mi papá en la que tantas personas han encontrado soluciones a sus problemas está siendo inhabitable. La casa, mi casa en la que crecí, fue desalojada, está desarmándose en pedazos.
Verme en ella feliz y protegida, recorriendo cada esquina, recordando su olor y mirando por las ventanas la calle, los vecinos, el colegio, el Cerro de Oro, el nevado. Siendo nosotros cuatro el mejor equipo y recibiendo en ella amigos, porque nunca echamos llave a esa casa, siempre estaba abierta.
Han sido horas de mucha reflexión, de ver a Manizales hecha muros, de estar enojada con mi migración, de evitar consumir redes para no sentir tanta angustia, de no saber qué decir,¿valdrán las palabras algo ahora?
Han sido los mensajes llenos de cariño, las muestras de solidaridad y los ojos de mis padres que vuelven a llenarse de luz los que me animan de nuevo o me dan algo de fuerza.
Entre conversaciones me dice mi papá: “Hija, estoy bloqueado, dejé de leer”. Esto para alguien que se levanta y se acuesta leyendo es síntoma de estar desconcertado. Recuerdo que le respondí: “Yo también estoy bloqueada, tengo miedo de que esto se repita”.
Días después, me envió el poema “Futuro”, de Porfirio Barba Jacob, que lleva este fragmento:
“Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
que nunca humana lira jamás esclareció,
y nadie ha comprendido su trágico lamento...
Era una llama al viento y el viento la apagó”.
Quienes vivimos lejos sabemos que lo peor que nos puede pasar es que pase algo importante estando a miles de kilómetros y no podamos verlo venir y ese terror apareció de manera contundente y desalmada. Oírlos decir “creíamos que era nuestro último día”, es algo que me ha tenido aturdida y desamparada.
Por esos días había cosas en mi cabeza, cosas que incomodan la vida pero que no son graves. Y en ese momento todo desapareció, me vi con el estómago apretado, sudando, pasando una noche de insomnio, en confusión y mucha oración. Supliqué que nada más pasara y que amaneciera pronto para sentir que lo peor había pasado.
Sigo sin poder digerir esto, sin saber de dónde cogerme, sin entender la ruta de cómo Andrea y “Una Andrea Más” pueden ayudar en medio de esta crisis porque cada día sale algo nuevo. Me veo perdida en cómo salir a flote y echar flotadores, pero algo bello y profundo saldrá, yo lo sé.
Tengo algunas ideas a las que espero darles forma y fondo pronto, por el momento, estoy respetando mi dolor, mi proceso y sorteando un momento más que exige estar presente para mí y los míos que necesitan- mos apoyo emocional.
No tengo reflexiones de superación personal, (ojalá las tuviera), ni tips para salir de esto, menos estrategias, ni nada de lo que ofrece mi mundo profesional, tengo solo la manía de escribir cosas que se me atraviesan para después volverlas historias, para cogerlas por los hilos y dárselas a los demás para que ellos mismos las terminen.
Estos días me acompaña el poema de Maruja Viera, “Los muros y el recuerdo” y en él he encontrado nostalgia, flores y esperanza. Espero que a los demás los esté acompañando, por ejemplo, una bonita canción que les ayude a ver estos días como de tránsito.
También anhelo que quienes me lean encuentren algo en medio de esto, que se encuentren siendo vulnerables, que se miren los dedos y se vean vivos con gratitud y cargados de miedos y si es posible de sueños.
Yo, por lo menos, quiero volver a soñar con la vida que me prometí aunque eso implique dolorosamente estar lejos de los míos. Una vida que me ha dado otras miradas, un gran amor y una nueva familia, y al mismo tiempo, una nueva forma de honrar, bendecir y valorar mi esencia, quién soy, de dónde vengo y quiénes me han dado todo, incluso el impulso de buscar mi propio destino.
Quiero volver a sentir que estar lejos, es estar bien y que desde acá también puedo seguir cuidando y apoyando, sin abandonarlos porque eso sería abandonarme.
Quiero ofrecer lo único que puedo ahora, estas letras para que cada unx sienta lo que deba sentir estando lejos o cerca de los que ama y sobre todo para los que están atravesando lo peor en estos días, para que algo, que no sé qué es, les dé la fuerza suficiente para atravesar este bosque de neblina y puedan sentirse sostenidos por la misma tierra que necesitó acomodarse.
Manizales ha sido mi montaña, mi casa, el hogar en el que mis abuelos crecieron y se abrieron camino. No es una ciudad cualquiera; es el territorio en el que hemos existido varias generaciones al lado de un volcán y de una tierra que nunca ha dejado de moverse y que por eso nos hace movernos por dentro y por fuera constantemente.
Gracias, montaña bella, por lo que resistes; gracias al alma de cada persona que está bloqueada e igual sale a ayudar; gracias a los conocidos, amigos y hermanxs nuevos que estamos haciendo porque las manos se mueven constantemente (igual o más rápido que el corazón). Gracias porque nada es más fuerte que el amor y yo hoy, más que nunca, puedo sentirlo en todo y en todxs, porque, como dice el poema “Lugar.Casa.Hogar”, de Elvira Sastre: “llevamos la casa a cuestas”.
Terremoto Manizales - casa:






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